LOS ESLABONES ROTOS DE LA CADENA ALIMENTARIA

El impacto de la crisis de la covid-19, relatado desde la mirada de 11 fotógrafas en distintos puntos de América Latina. Un proyecto que muestra los contrastes en el acceso a los alimentos y las formas en que la crisis ha transformado la relación con la comida


En Guatemala, el sector agrícola es uno de los que genera más divisas por exportación, sin embargo, en el segundo trimestre de 2020 se han reportado 40.000 desempleos debido a la pandemia. MORENA JOACHÍN

La covid-19 llegó a Sudamérica justo en una buena temporada para el cultivo. Un festival de colores en tonos verdes, amarillos y rojos tiñen las variedades de verdeos, tubérculos y maíz que crecen en un terreno pegado a la casa de doña Ángela, quien hace muchos años consiguió el permiso de la dueña de la tierra para cultivar ahí varios de los alimentos que consumen su familia y ella. Algunas plantas como la mandioca, también conocida como yuca, llegaron a su punto de cosecha justo un poco después de haberse iniciado la cuarentena. En Paraguay, este tubérculo es, junto con el maíz, ingrediente principal de la cocina tradicional.


Doña Ángela Gómez, de 60 años, comienza la jornada diaria en su huerta a media mañana, después de haber terminado sus primeras labores domésticas. Durante el otoño y el invierno, cuando el sol no pega tan fuerte, es más fácil exponerse al calor; en verano, sin embargo, el trabajo a la intemperie debe comenzar al amanecer, cuando la temperatura aún no ha subido demasiado.


Muchas personas en todo el país han decidido realizar huertas en sus viviendas como estrategia para sobrellevar la crisis. El barrio Rincón de la ciudad de Ñemby, en el que vive doña Ángela, dista unos 17 kilómetros de la capital y es un ejemplo. Varias personas están aprovechando su tiempo y su parcela disponible para cultivar.


Paraguay (7,2 millones de habitantes) es uno de los países del mundo con mayor desigualdad en la tenencia de la tierra. El 85% de los territorios cultivables está en manos de 2,5% de la población, según Oxfam. Este país ocupa el cuarto puesto en exportación de granos en el continente americano, con la producción de soja, según la Cámara Paraguaya de Exportadores de Cereales y Oleaginosas (Capeco), producto que se utiliza en su mayoría para alimentar el ganado de Europa y China. Las cifras oficiales de desempleo durante la pandemia ascienden a 33.000, según informó a mediados de julio el Viceministerio de Empleo y Seguridad Social. En respuesta a la crisis, el Estado paraguayo implementó un programa de subsidios de 72 dólares, equivalente al 22% del salario mínimo actual, que no ha llegado a toda población afectada.


La covid-19 ha profundizado las desigualdades a las que las sociedades latinoamericanas vienen enfrentándose desde mucho tiempo antes de esta pandemia. Según una encuesta realizada en 16 países de América Latina por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), cinco países consideran el acceso a alimentos como el principal problema, efecto del aislamiento preventivo contra la pandemia, y 12 países mencionaron la caída de ingresos como una de las consecuencias más graves. A mediados de julio, la misma institución informó de que aproximadamente una cuarta parte de la población regional (142 millones de personas) está en riesgo de contraer el virus.


Esto no es una cadena es un proyecto fotográfico que, a través de 11 perspectivas diferentes, muestra los contrastes detrás del acceso a los alimentos en América Latina, poniendo el foco en las formas que la crisis ha transformado la relación con la comida. Esta historia está narrada por Ruda Colectiva, una organización integrada por 11 fotógrafas latinoamericanas, cada una viviendo y trabajando en un país distinto de la región. El proyecto retrata el impacto de la covid-19 en el acceso a los alimentos en Bolivia, Guatemala, Colombia, México, Ecuador, Argentina, Paraguay, Brasil, Perú y Venezuela. En este último caso se pone la mirada en la población que migró a Colombia y a Perú. Las historias abordan diferentes eslabones de la cadena alimentaria, desmontando la idea de que fuera lineal, y es ahí donde esa cadena empieza a romperse.


Queda en evidencia que no todo lo que se produce en el campo llega al mercado y termina en la mesa de las personas que necesitan esos alimentos. Es enorme la cantidad de gente que no accede al mínimo de nutrientes necesarios por día por falta de dinero, mientras que existen grandes campos saturados de productos que no consiguen llegar al mercado por efecto de la cuarentena obligatoria. Y mientras que la tecnología ofrece soluciones para las clases privilegiadas que pueden abastecerse de entregas a domicilio, las condiciones laborales de los trabajadores que hacen posible ese servicio, parecen ser los costes más altos de esta alternativa.


En Guatemala, la agricultura sobrepasó el 61% de las divisas por las exportaciones en 2019. Aunque muchos trabajadores del campo dependen económicamente de los monocultivos de maíz, muchos también están practicando la permacultura como una forma de sostener la soberanía alimentaria, y también para resistir a la crisis Para el segundo trimestre de 2020 la caída económica en progreso ha dejado la cifra de 40.000 desempleos agrícolas debido al cierre de mercados y fronteras.


En Bolivia, la cuarentena no llegó al trabajo en el campo, donde el 90% de la producción agrícola está a cargo de familias de origen campesino, indígena originario e intercultural, según datos de la Coordinadora de Integración de Organizaciones Económicas Campesinas Indígenas Originarias. La señora Rosa, de la comunidad de Challasirca, viaja cada madrugada durante cuatro horas por curvilíneas carreteras montañosas hasta el mercado de la capital del país para vender los jugosos duraznos que cultiva con su familia. “Cuarentena significa pérdida”, sentencia ella, refiriéndose a las dificultades que tiene para vender sus productos a pesar de que sus cultivos abundan en el campo. Los motivos son, apunta, la escasa circulación de dinero y las restricciones horarias para trabajar en la venta. Las amas de casa de siempre acuden durante la pandemia al mercado, cuidadosamente vestidas con su equipo de protección, y ahora tienen el tiempo limitado para realizar esta tarea.


Uno de los sectores más afectados en México durante la emergencia nacional es el de los comerciantes ambulantes de alimentos a nivel local en los tianguis, mercados callejeros que se montan y desmontan cada día mediante carpas de surtidos colores. Algunos incluso se sostienen en automóviles que llegan cada día a armar su puesto de venta desde muy temprano, ofreciendo alimentos y todo tipo de productos de primera necesidad. En México, seis de cada 10 trabajadores se dedican al comercio informal, aportando a la economía aproximadamente un dólar de cada cuatro, de acuerdo con los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi en México. “Tratamos de venir a poner el puesto porque la gente también nos ha comentado que no saben dónde irán a comprar o qué van a comer. Y como nos tienen confianza, eso también nos hace seguir vendiendo pese a la contingencia”, cuenta la vendedora Pilar Xochitecatl, de 23 años.


Debido a la ubicación geográfica de la Isla de Tierra del Fuego, en Argentina, y su condición insular y austral, el acceso a los alimentos es muy limitado. A excepción de los productos de campo de clima frío, la gran mayoría de comestibles llega en camión y los productos son centralizados en los grandes supermercados. Por esta razón, las compras de los habitantes de la ciudad de Ushuaia también se encuentran focalizadas en estos puntos.


Al comienzo de la pandemia se colocaron escáneres térmicos en dos sucursales de supermercados que miden la temperatura de los clientes que ingresan. Al llegar, la persona debe detenerse y esperar el resultado. Si el escáner detecta una temperatura superior a 37,5 grados, se activa un protocolo de seguridad. Este ritual se ha convertido en parte de la nueva cotidianeidad fueguina a la hora de acceder a los alimentos.


La especial vulnerabilidad de los venezolanos


Otro de los sectores más vulnerabilizados es el de la población migrante. Incluso desde antes de la pandemia, uno de cada tres venezolanos migrantes no recibía lo suficiente para comer, según informó la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Más de un millón de venezolanos tomaron como destino Colombia y Perú, y su ya difícil situación se agravó con la cuarentena, porque las barreras para trabajar aumentaron, ya que la mayoría carece de documentos y su única alternativa es el trabajo informal: Por eso, dependen de sus ingresos diarios para vivir. Les toca enfrentar esta crisis con los recuerdos aún muy frescos del hambre del que escaparon cuando emigraron de su país de origen.


Pero la solidaridad organizada no está en cuarentena en el Pacífico colombiano. Para mucha gente esta es la única alternativa para satisfacer sus necesidades alimenticias básicas. La cantora y lideresa afrocolombiana Nidia Góngora, en su papel de salvaguardar a su gente y a su cultura, coordina una iniciativa apoyada por el aporte desinteresado de una red a amigos que decidió apadrinar a más de 70 familias del oriente de la ciudad de Cali. Nidia compra los víveres, los empaqueta en proporciones equitativas según la necesidad y personalmente los entrega casa por casa en los días que tiene permitido salir. Su llegada a las viviendas es una espontánea fiesta que se traduce en cantos, bailes y un buen rato de charla.


Es notable la ausencia de las mujeres que arrastraban a los clientes con la música de sus ofertas y voces, pues 17 de los 20 restaurantes del segundo piso en el mercado de abastos de la ciudad de Valparaíso-Chile están cerrados. Da la sensación de que el tiempo se detuvo allí, dejando rastros de quienes parecen haber salido corriendo ante una catástrofe inminente. Los tres restaurantes que resisten abiertos, intentan sobrevivir con la modalidad de entregas a domicilio para evitar las aglomeraciones en sus puestos.


Durante la cuarentena más estricta, en Ecuador se multiplicó la demanda de pedido a repartidores que trabajan mediante aplicaciones de teléfono móvil. El Gobierno permitía a los repartidores circular como trabajadores esenciales, sin embargo, muchos de ellos denuncian que trabajan en condiciones precarias y sin ningún tipo de seguridad social que le garantice acceso a atención médica en caso de enfermar.


En los meses de aislamiento obligatorio, los repartidores organizaron tres paros internacionales reclamando el alza de sus tarifas y la regulación a las empresas de reparto. Coparon las principales avenidas de Quito cuan enjambre de abejas motorizadas. Las empresas operan bajo la premisa de que los repartidores trabajan de manera autónoma, eligiendo sus horarios y modos de trabajo. Sin embargo, según los repartidores, para poder elegir sus horarios deben trabajar un mínimo de nueve horas diarias, sin fines de semana libres. Según la Encuesta de Condiciones laborales de los repartidores de Apps realizada por el Observatorio de Plataformas y Glovers Ecuador, el 70% de los repartidores son inmigrantes, mayoritariamente de Venezuela y el 50% tienen educación técnica o superior.


Las soluciones a la crisis actual implican también repensar los hábitos de consumo en la clase media. Con la cuarentena, muchas personas también optaron por comprar menos comida elaborada, comenzaron a cocinar en casa y a revisar sus rutinas de alimentación. En Brasil, las búsquedas de cómo hacer magdalenas aumentó 139% a fines de marzo, según Google Trends, en comparación con el promedio del año. El crecimiento también fue significativo en las búsquedas de cómo hacer pan. Al mismo tiempo que las imágenes de pan se multiplicaron en las redes sociales, en varios mercados de São Paulo ya no se podía encontrar harina de trigo.


Mirar de cerca los distintos eslabones de la cadena alimentaria, da la oportunidad de tomar conciencia de las múltiples conexiones que tiene el territorio latinoamericano. Desde la forma de organizar el sistema económico, las opciones sobre cómo gestionar el consumo, las formas de organización social para enfrentar las crisis, las políticas que implementan los gobiernos para realizar o no su labor de atender a la población y las responsabilidades del sector privado en la administración de los recursos. Tienen, indefectiblemente, efectos colaterales entre una y otra instancia y afectan directamente en la calidad de vida de las personas. Y cada vez que una nueva crisis se suma, quienes se encuentran en situación de exclusión son quienes sufren el peor impacto.


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FUENTE:

EL PAÍS. MAYELI VILLALBA.

LInk: https://cutt.ly/pfMLpgp

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