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Por qué la glucosa juega un papel clave en la obesidad (y la diabetes)

Cuando comemos un pedazo de pan o un simple caramelo y vemos qué ocurre en nuestra sangre resulta que, a los pocos minutos, nuestros niveles de glucosa (comúnmente denominada “azúcar”) han subido.


Los azúcares refinados aumentan los niveles de glucosa en nuestro torrente sanguíneo. GETTY

¿Qué es lo que ha ocurrido mientras?


Acompañemos a la comida en su recorrido para averiguarlo.

A los pocos minutos de tragarnos ese pedazo de pan, éste llega ya digerido (por el estómago) al intestino delgado.


Las células intestinales absorben los nutrientes que contenía, entre los que se encuentra la glucosa.


Y dado que estas células están en contacto directo con el sistema circulatorio, inmediatamente se vierten a la sangre y se dirigen al hígado.

Como consecuencia la concentración sanguínea de glucosa (glucemia) se dispara.

Lo que viene a continuación es fácil de deducir.


En ayunas, el nivel normal de azúcar en sangre es de 70 a 110 miligramos por decilitros (mg/dl). Después de las comidas, estos valores suben. GETTY

La sangre transporta la glucosa hacia los órganos que la necesitan como “combustible”.


De este modo, pueden obtener la energía necesaria (ATP) para llevar a cabo todas sus funciones.


El problema surge cuando un exceso o un déficit de glucosa en el organismo conduce al desarrollo de patologías.


De ahí la importancia de mantener su equilibrio.


Es el yin y el yang de la glucosa.


Las células requieren un suministro permanente de glucosa para realizar sus funciones vitales.


Sin embargo, su aporte es discontinuo, limitado a las comidas.


¿Cómo resolverlo para garantizar que las células reciben constantemente azúcar sin comer a todas horas?


El cerebro y otros órganos del cuerpo necesitan energía para funcionar correctamente. GETTY

Existen detectores celulares en distintos órganos (hígado, páncreas e hipotálamo, entre otros) que vigilan la disponibilidad de glucosa.

El papel del hígado

Cuando es alta (por ejemplo, inmediatamente después de comer), el hígado puede almacenar parte en forma de glucógeno para "después", esto es, para cuando la glucosa escasee.


Como ocurre durante el ayuno entre comidas o mientras dormimos.


Entonces lo degrada y vuelve a obtener glucosa, que es liberada a la sangre para ser utilizada por otros órganos.


No acaba ahí su misión.


El hígado también convierte el exceso de azúcares en triglicéridos (grasa) y promueve su almacenaje en el tejido adiposo como reserva energética.


En momentos de ayuno prolongado, estos triglicéridos son hidrolizados y convertidos en ácidos grasos, que viajan donde se les necesita a través de la sangre para ser oxidados o degradados por las mitocondrias de las células y así producir energía.


La insulina es la hormona que produce el páncreas y que permite a nuestro cuerpo absorber la glucosa. GETTY IMAGES

El pancreas, clave del proceso


Por su parte, el páncreas juega un papel importantísimo en el equilibrio de los niveles de glucosa.


Se ocupa de detectar el exceso o déficit de glucosa, y responde en consecuencia fabricando y secretando hormonas que intentan restaurar el equilibrio.


La más conocida es la insulina, que se libera a la sangre cuando sube la glucemia y manda una orden contundente a las células: