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Religiones Alimentarias

9 Sep 2018

 

El poder de penetración de los mensajes "paramédicos", o pseudosanitarios, es enorme en nuestras sociedades candorosas y desinformadas a conciencia.

 

 

Apenas es un secreto que la industria alimentaria pretende vender "medicamentos" en los supermercados: yogures que fortalecen el sistema inmune, leches enriquecidas que evitan el infarto, aceites que adelgazan (por si no fuera bastante con el agua mineral que hace lo mismo), bebedizos que aceleran el metabolismo y chocolatinas que previenen la diabetes. Ninguna de estas cosas es un medicamento, puesto que no han demostrado en ensayos clínicos lo que proclama el fabricante, pero el poder de penetración de esos mensajes ‘paramédicos’, o pseudosanitarios, es enorme en nuestras sociedades candorosas y desinformadas a conciencia, cuya resistencia crítica queda anulada por cualquier etiqueta que diga “bio”, “natural” o cualquier cosa todavía más discutible.

 

La llegada del espíritu perroflauta no ha mejorado las cosas en absoluto. A las ínfulas biotecnológicas de las grandes marcas se ha superpuesto ahora un asombroso mercado de plantas ignotas con propiedades hechiceras, coles asiáticas que aclaran la sangre, semillas de quinoa que engrasan el sistema nervioso, harinas de espelta que dan la felicidad e infusiones de té verde que robustecen las defensas, no sabemos contra qué. Pero las grandes cadenas no están dispuestas a ceder ese apetitoso mercado a las ferias de agricultura ecológica, y ya están inundando las ciudades de hipermercados “bio” donde no se vende comida, sino salud. Son los templos de la religión moderna, el panteísmo de la naturaleza sabia.

 

Luchar contra una religión es muy difícil, como sabe muy bien cualquiera que lo haya intentado, y cuando los sacerdotes de esta alimentación pseudo-medicamentosa tienen el gancho de Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow o Richard Gere, dan ganas de tirar la toalla. Es posible que la única estrategia viable sea desmontar los casos concretos, uno a uno y con argumentos científicos (o revelando la falta de ellos). Es lo que acaba de hacer la epidemióloga Karin Michels, de la Universidad de Harvard, con el aceite de coco, uno de los últimos credos de la nut