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Mito: El uso de la sal en las comidas debe controlarse al máximo

¿Verdad o mentira?... VERDAD!!!

 

 

Pareciera que el gusto por la sal no es más que una costumbre excesivamente arraigada en nuestra sociedad, ya que si bien nuestro organismo necesita sal para funcionar, ya la recibe de la composición natural de los alimentos de origen animal y vegetal, que en su propia composición portan cloruro sódico (sal) (1).

 

El cloruro de sodio, principal componente de la sal, participa en la transmisión de los impulsos nerviosos y desempeña un papel importante en la regulación de las contracciones musculares, especialmente del corazón. Su presencia es indispensable para el control del equilibrio osmótico y del equilibrio ácido-base en la célula (2).

 

Necesidades diarias y fuentes alimenticias


La Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) considera que el consumo excesivo de sal contribuye a la presión arterial alta, que constituye el principal factor de riesgo de muerte por ataque cardíaco, accidente cerebrovascular e insuficiencia renal. El consumo de más de 5 gramos de sal por día aumenta los riesgos, pero es difícil darse cuenta de cuánta sal está comiendo una persona, ya que los alimentos procesados suelen tener un alto contenido de sal (3).

 

Los alimentos naturales tienen cantidades pequeñas de sodio. Los alimentos de origen animal tienen algo más, pero los alimentos de origen vegetal prácticamente no tienen nada. La mayor parte del sodio ingerido en la dieta procede de la adición de sal (cloruro sódico) a los alimentos. Los alimentos procesados industrialmente tienen cantidades muy altas de sodio, especialmente las conservas, los embutidos, los encurtidos (2).

 

Si se tiene costumbre de comer con mucha sal, al principio los alimentos resultarán sosos si la eliminamos de la dieta o les ponemos muy poca, pero cuando pase un tiempo se apreciarán igual o mejor que antes. La costumbre de sazonar la comida con otros aditamentos como ajo, cebolla, hierbas aromáticas y especias ayudará a sobrellevarlo en un primer momento (1).

 

 

El abuso de sal trae consigo el aumento de la presión arterial o hipertensión, que es la fuerza ejercida por la sangre contra las paredes de las arterias. La sal aumenta la presión arterial y perjudica a varios grupos de riesgo, especialmente a los diabéticos, los hipertensos, los ancianos y, curiosamente, algunos grupos étnicos de raza negra debido a su predisposición. El exceso de grasa en sangre contribuye también, sobremanera, al aumento de la presión arterial y a la formación de depósitos de colesterol en las paredes internas de los vasos sanguíneos (arterosclerosis), hecho que redunda en una disminución de su tamaño y en el aumento de la presión. La hipertensión ataca también con dureza a quienes sobrepasan en un 30% su peso ideal (1).

 

El uso de sal es una de las pautas que debe tenerse en cuenta desde la juventud, para no sufrir luego serios problemas a lo largo de la vida. Por ello, dentro de las pautas de vida saludable es necesario tener en cuenta que debe limitarse su consumo diario, como máximo, a seis gramos, el equivalente a una cucharadita. En la práctica, y dado que muchos alimentos ya contienen sal, supone renunciar a la adicción de sal en las comidas, a limitar el consumo de conservas, embutidos, salchichas o jamón y productos ahumados.

 

La limitación de la sal, que incluye la vigilancia de las etiquetas de los alimentos preparados, debe acompañarse de una aumento en la ingestión de potasio, que produce habitualmente un efecto antipertensor, con una dieta que incluya productos como plátanos, hortalizas verdes, melones, naranjas, remolachas, tomates y zanahorias (1).

 

Alimentos como las papas fritas, las palomitas, las avellanas tostadas, los pistachos, las almendras saladas, las galletas saladas deben limitarse al máximo, igual que conservas enlatadas como sardinas, atún, tomate de conserva, espárragos sin enjuagar, condimentos como la sal común, la sal de ajo, la salsa soja o el bicarbonato de soja; productos como el embutido, encurtidos, las carnes ahumadas, las salchichas, el salmón ahumado o las hamburguesas; los quesos con mayor contenido en cloruro sódico, la mantequilla o la margarina (1).