Contacto:        970 933 110  /  (01) 252 9175            informes@rpan.org
whatsapp02.png

El gran negocio alimentario de las proteínas

30 Jul 2018

El exceso de consumo y producción de proteína animal, cara de generar y con un severo impacto medioambiental, abre las puertas a alternativas como plantas, insectos y una nueva acuicultura.

 

En los próximos 50 años, el planeta necesitará producir más comida que en los últimos 10.000. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que la demanda de proteína animal se duplicará en 2050. Entonces habrá que alimentar a 9.000 millones de almas. Ese nutriente, esencial para soportar la vida, es un desafío de salud pública y un enigma empresarial. Crece el consumo de proteína animal en todo el planeta. Lo hace de forma irreflexiva y por encima de las necesidades biológicas y la sostenibilidad. Situada la carne roja o la leche de vaca como la nueva nicotina en la conciencia de muchas sociedades occidentales, el todopoderoso sector alimentario busca alternativas (insectos, plantas, acuicultura) para conectar con un tiempo preocupado por lo que come y por no desvalijar el medio ambiente. De ahí que reimaginar la industria de la proteína será el gran negocio alimentario de nuestro tiempo.

 

Ese consumo desaforado de proteínas se debe al crecimiento de los países en vías de desarrollo. Especialmente Brasil, India y China. A medida que una sociedad se enriquece consume más carne, sobre todo de vacuno y cerdo. Luego, al alcanzar un cierto nivel de renta, debería parar. “Existe una relación inversa entre el porcentaje de calorías totales derivadas de cereales y otros alimentos básicos y la renta per capita”, narra Mike Boland, científico principal del Riddet Institute de Nueva Zelanda. Podría decirse que el planeta ha enloquecido y se ha lanzado a comer más proteínas que nunca sin importarle maridar la ignorancia y lo absurdo. “Existe un miedo irracional que parece sostener que no estamos tomando suficientes proteínas en nuestra dieta, pese a que la ingesta recomendada diaria para una mujer adulta sana es de 46 gramos y de 56 en el caso de un hombre”, reflexiona Melissa Abbott, vicepresidente de estrategia culinaria de The Hartman Group.

 

Y es un consumo fácil. Está ahí, en cualquier alacena. Tres huevos o un plato de lentejas ya aportan 18 gramos; un tazón de sopa de pollo, unos 44. Las sociedades ricas o en desarrollo ignoran las consecuencias y se refugian en sus hábitos. “En general, los altos consumos de proteínas animales están relacionados con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes y mortalidad en comparación a la misma cantidad de proteínas procedentes de fuentes vegetales, que aportan una grasa saludable y micronutrientes”, advierte Walter Willett, profesor de nutrición en la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de la Universidad de Harvard.

Pero en nuestra época, el desconocimiento se replica con facilidad en un negocio. El banco holandés Rabobank publica anualmente una cartografía de los principales mercados de las proteínas animales en el mundo. El titular es directo. “Esperamos que en 2018 la producción aumente en todas las regiones, con un ritmo de crecimiento superior a la media de los últimos diez años”, relata en el informe Justin Sherrad, estratega de proteína animal. “Este fuerte incremento se justifica por el tirón de Brasil, China y Estados Unidos”.

 

Con una gula infinita, los países desarrollados exigen más carne. ¿Qué sentido tiene que una nación rica como la estadounidense aumente este año un 2% su ingesta de vacuno por habitante? ¿Qué pensamiento justifica que en América del Norte crezca un 3% la producción de carne de res? Greenpeace lleva tiempo luchando porque en 2050 se reduzca un 50% el consumo y la elaboración de productos animales. Pero el planeta solo escucha sus propios himnos. “Este año se espera que la producción de vacuno crezca en el mundo por tercer ejercicio consecutivo mientras el cerdo atravesará otra etapa de crecimiento significativo”, prevén en Rabobank.

 

Cerdo y pollo

Vivimos una época donde lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no termina de morir. Quizá porque las proteínas animales aman las paradojas. Brasil es el mayor exportador de pollo del planeta pero nunca se ha detectado un caso de gripe aviar. Otras geografías viven una fiebre similar. La producción de carne de vacuno argentina alcanzará este año 2,9 millones de toneladas, un aumento del 4%. Más de 380.000 toneladas saldrán del país. En Europa, las exportaciones de pollo, cerdo y carne crecen frente a 2017. El mundo sigue hambriento de proteínas. “La producción de cerdo y pollo ya representa el 70% de toda la carne elaborada en el planeta”, calcula José Manuel Amor, socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI).

¿Qué hacer? Recurrir a esa placa de Petri que es la memoria de la ciencia. “La industria ganadera es responsable del 14,5% de las emisiones de efecto invernadero del planeta. Resulta más contaminante que el sector del transporte”, revela Maria Lettini, directora de FAIRR, una organización londinense que promueve una producción sostenible. La ONG Grain defiende que las 20 principales empresas de carne y lácteos del mundo emiten más gases de efecto invernadero que Alemania.