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Los pobres son obesos

24 Jul 2018

Javier Mato, en su artículo del 14 de julio del 2018 publicado en EL MUNDO, España, pone el dedo en la llaga a una situación cada vez más grave contra nuestra salud, al manifestarnos que éticamente los negocios de las grandes multinacionales de la alimentación son un gran engaño.  Nada que esté tipificado penalmente, pero vergonzoso desde cualquier otro ángulo.

 

Estas multinacionales no venden productos caducados, no hacen pasar aceite de girasol por virgen de oliva, ni nos engañan con los ingredientes, pero tienen truco. Todo es transparente, pero mentiroso. Un engaño científicamente diseñado para que ni las autoridades ni los medios de comunicación molesten.

 

Mato manifiesta que desde ya hace algunas décadas, estas grandes empresas han descubierto cómo crear adicción a la comida, mediante ciertos ingredientes, resultado del trabajo en laboratorio, que logran enganchar a los consumidores. La famosa I+D aplicada al paladar o, mejor, a la cuenta de resultados. En un caso, la publicidad revela la estrategia: «cuando haces pop, no hay stop», dice correctamente un anuncio de unas patatillas. La química lo permite. Normalmente se emplean altísimas dosis de azúcar combinadas con carbohidratos, en muchos casos procedentes del maíz, muy concentrados, que facilitan la absorción del primero, proporcionando una satisfacción inmediata. Uno de estos componentes químicos, un jarabe de frutosa, presente en infinidad de alimentos e inexistente en la naturaleza, supone el doce por ciento de toda la ingesta mundial de calorías. Nada ilegal, pero nada saludable.

 

Estos componentes químicos, frecuentemente combinados con edulcorantes, grasas, sal, potenciadores del sabor o cafeína, están presentes en prácticamente todos los productos industriales, desde las pizzas a los helados, de las galletas a lo cereales para el desayuno, de los refrescos a las patatillas. Un helado de chocolate contiene esos carbohidratos mezclados con harina refinada, sal, aceite, cacao, potenciadores del sabor y conservantes, hasta llegar a los 37 ingredientes, generando una mezcla tremendamente satisfactoria para el paladar.

 

Afirma Javier Mato que desde hace dos décadas, los investigadores independientes han venido desvelando esta situación, sobre todo a partir de los efectos sobre la salud, lógico cuando algunos de estos alimentos, incluso los más insospechados multiplican por diez y por veinte la ingesta de calorías. «El entorno de la comida ha cambiado drásticamente [en los últimos años] con la irrupción de las comidas (...) altamente adictivas -dice uno de sus artículos académicos-. En la era preindustrial, los humanos sobrevivían con una dieta mínimamente procesada, alta en proteínas, granos y contenido, y relativamente baja en sal. (...) Con la industrialización y el avance tecnológico, pasamos [a una] abundante en calorías, con niveles de grasa, azúcar, sal, cafeína y sabor artificialmente incrementados». Una porción de pizza industrial perfectamente puede tener veinte veces más calorías que una naranja. Muchos académicos comparan abiertamente el efecto de esta manipulación alimenticia con las drogas, porque el objetivo es generar adicción, fidelizando y aumentando el consumo.

 

Casi nadie conoce estas tretas, pero una minoría de consumidores intuye que los productos industriales no son sanos; otra parte de la sociedad no lo sospecha, pero prefiere comer como lo ha hecho siempre, sin embargo, una proporción creciente de ciudadanos se deja seducir. Esto se traduce en que en Estados Unidos, por ejemplo, el 35 por ciento de su población es obesa; en España ya estamos en el 17 por ciento, mientras más del 50 por ciento tiene sobrepeso. Desde 1970 a hoy, la obesidad en España se ha triplicado, en paralelo con la mercantilización del negocio de la alimentación. Observen qué contradicción: hace cien años, los pobres se conocían porque estaban muy delgados; hoy ocurre exactamente lo contrario, están obesos porque no tienen la formación suficiente para comer bien y caen en esta comida rápida.

 

Mientras estas grandes multinacionales avanzan ocupando los huecos que deja la legislación, nuestros políticos ni se han enterado, entre otras cosas porque ahora ya no están preocupados con la explotación.

 

FUENTE: EL MUNDO - ESPAÑA

JAVIER MATO, 14 DE JULIO 2018

ENLACE: http://www.elmundo.es/baleares/2018/07/14/5b4a0591e2704e2f338b45c4.html

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