Los tres cereales que nos alimentan desde hace milenios

26 Jun 2018

El trigo, el maíz y el arroz siguen siendo la base de la dieta en un mundo que necesita una nueva revolución agrícola para dar de comer a cada vez más gente de forma sostenible

 Aunque es una efeméride imposible de concretar en un día exacto, imaginemos que hoy, cuando usted lee estas líneas, se cumplen 10.000 años desde que un ser humano plantó —por primera vez— unas gramíneas silvestres en algún lugar de Oriente Medio. Para atinar más, unas semillas de la especie Triticum, que son las que 2.500 años después dieron lugar al trigo tierno. Aquello fue un hito fundamental en la historia de la humanidad. Ese primer cultivo fue el origen de la agricultura, el germen de las ciudades, el comienzo del sedentarismo, el primer minuto de lo que hemos sido y de lo que somos desde entonces.

 

Hasta aquel momento, el Homo sapiens era nómada y comía lo que literalmente se encontraba por el camino. Caza y pesca, ya sabemos. Cultivar y domesticar estas gramíneas, a las que en pocos cientos de años se sumaron variedades de arroz y los antecesores del maíz en otras partes del planeta, fue el principio del ser humano actual. Tras el trigo llegaron el farro y la cebada o los guisantes, lentejas y garbanzos. Se domesticaron también los animales, como cerdos y ovejas. Y el ser humano ya nunca miró hacia atrás.Pero volvamos a dar un enorme salto en el tiempo —de 10 milenios, nada menos— y situémonos ahora en un supermercado moderno de un país de ingresos altos, de los llamados “ricos”. Uno de esos lugares donde encontramos alimentos de todos los sabores y colores.

 

En el centro vemos carnes, verduras, frutas y un sinfín de latas, bolsas, paquetes y botellas. Al entrar, pocos pensamos ya en maíz, trigo o arroz, salvo que vayamos a hacer una paella o a asar unas mazorcas. Y, sin embargo, esos tres cereales siguen siendo los elementos básicos de la dieta del Homo sapiens moderno.

 

Fijémonos mejor en los estantes del supermercado. Exacto: maíz, trigo y arroz. Están por todas partes, mucho más presentes de lo que parece. Pensemos en panes, pizzas, tartas, pastas, harinas, bollos, etc. Y en su presencia indirecta, ya que los tres cereales —juntos o por separado— también han servido de alimento principal e indispensable para las vacas, cerdos y aves que producen gran parte de la carne, la leche y los huevos del mundo.

 

Así se entiende que ese trío de cereales sea la verdadera base de nuestra alimentación. Entre los tres aportan aproximadamente el 42,5% del suministro de calorías alimentarias del mundo. Y no solo calorías —la energía que nos permite vivir— porque, aunque el lector no lo sepa, el trigo aporta más proteínas que las carnes de ave, porcino y bovino juntas.

 

La evolución de la agricultura
Ese liderazgo absoluto en nuestra dieta es fruto de un largo camino desde que alguien plantara un grano de teosinte, una gramínea del género Zea, en algún lugar de Mesopotamia hace miles de años.

 

Al principio, la agricultura era solamente de secano. Es decir, los cultivos dependían exclusivamente del agua de lluvia para crecer. Pero poco después, en la misma región, a alguien se le ocurrió regar las semillas y se pudo hablar por primera vez de aumentar —“intensificar”— aquella producción agrícola aún balbuceante.

 

Esa mayor capacidad de producir alimentos —y la necesidad de mano de obra para seguir cultivándolos —permitió a la humanidad multiplicarse por 30: de 10 a 300 millones de personas en los primeros 8.000 años de agricultura. Y así, las primeras grandes civilizaciones crecieron y se alimentaron a la orilla de grandes ríos, como el Tigris y el Éufrates, el Nilo, el Indo y el río Amarillo.

 

Pero no hay camino libre de obstáculos. Por ejemplo, las civilizaciones nacidas dela agricultura de regadío en las cuencas del Indo y el Tigris se desmoronaron debido a la obstrucción de los canales y la salinización de los suelos. Más tarde, esa dependencia de los cereales causó innumerables problemas en la antigua Roma. La urbe sufría hambrunas —y revueltas— cada vez que algún enemigo —interno o externo— bloqueaba los envíos de trigo desde Sicilia o el norte de África.

 

Al otro lado del mundo, la civilización maya del periodo clásico se fue al traste. Y se cree que la causa, probablemente, fue un virus en el maíz. Más tarde, en la Europa medieval, una serie de veranos húmedos fueron el caldo de cultivo perfecto para ciertos hongos que afectaban al trigo, y provocaron una hambruna que mató a millones de personas.

Y así, desde aquel gran descubrimiento en Mesopotamia, se llegó a una nueva vuelta de tuerca en la historia de la agricultura. Sucedió en Gran Bretaña, a finales del siglo XVII. De la mano de los adelantos de la Revolución Industrial, se mejoraron los arados, se plantaron variedades más productivas, se perfeccionó la rotación de cultivos y los agricultores llegaron a duplicar los rendimientos de su trigo al pasar de una a dos toneladas por hectárea entre 1700 y 1850.

 

No es casual que, precisamente en ese mismo periodo, la población de Inglaterra se multiplicara por tres: de cinco a 15 millones de personas.

 

¿Alimento suficiente para todos?
Durante milenios, a medida que la población crecía y tendía a concentrarse en los grandes imperios o civilizaciones de la historia, la mayoría de la gente dependía de esos tres cereales para comer. Si la cosecha era abundante, era un buen año. Si era mala —lo que dependía en gran medida de la lluvia y de la salud de las plantas— o los suministros fallaban, la gran mayoría pasaba hambre.

 

Pero, en general, el hambre en las zonas rurales no ha preocupado demasiado a los poderosos a lo largo de los siglos. La falta de comida en las capitales, en cambio, ha sido siempre otra cosa. A medida que trabajadores o campesinos llegados en busca de algo mejor se agolpaban en las ciudades, su alimentación empezaba a preocupar en los centros de poder.

Porque el hambre es prácticamente una garantía de revuelta. Una de las muchas causas de los grandes cambios políticos —pensemos, por ejemplo, en la Revolución Francesa o en la más reciente Primavera Árabe— es la escasez de alimentos o los altos precios de los más básicos.

 

Y, por eso, muchas de las mejoras agrícolas más importantes han surgido de la necesidad: de esa necesidad de garantizar alimento suficiente para una población creciente. Bueno, sobre todo, para los habitantes de capitales y grandes ciudades. Así sucedió con la última gran revolución agrícola, que llegó tras la II Guerra Mundial.

 

En las décadas posteriores al conflicto las grandes hambrunas eran algo recurrente y periódico, y el crecimiento exponencial de la población junto con las graves carencias en la producción de esos tres cereales básicos empezaban a dar lugar a una situación insostenible.

 

Insostenible política, social y también éticamente. En 1970, casi cuatro de cada 10 personas de los países en desarrollo pasaban hambre: no comían lo suficiente para una vida decente. El planeta, que todavía no pensaba globalmente sino como una suma de civilizaciones y países desconectados, no era capaz de garantizar la producción de comida para todos.

 

Pero en esa segunda mitad del siglo XX creció la preocupación por lo que ocurría más allá del horizonte de cada uno. Y la incipiente comunidad internacional se movilizó en la segunda mitad del siglo XX para poner los avances en ingeniería, química e incluso genética al servicio de la agricultura.

El objetivo principal era multiplicar la producción de los tres cultivos fundamentales para la seguridad alimentaria mundial. Es decir: el trigo, el arroz y el maíz.

 

La Revolución Verde
¿Les suena el nombre de Norman Borlaug? Seguramente no. Es probable que el lector no lo haya oído nunca, pero es el protagonista de la última gran revolución de la historia de la agricultura. Borlaug (1914-2009) era un agrónomo estadounidense, experto en la mejora genética de los cultivos. La premisa de la Revolución Verde, a priori , era sencilla: si la producción de maíz, arroz y trigo debía multiplicarse, estos cultivos debían ser más productivos.

 

Borlaug eligió México para cruzar variedades de trigo y conseguir que dieran más rendimiento. Al mezclar el trigo local con una variedad enana procedente de Japón, Borlaug obtuvo un nuevo trigo semienano, más resistente a enfermedades, lluvias y vientos. No solo era más fuerte, sino que también producía más grano. También tenía un tallo más corto (de ahí lo de semienano), lo que le permitía aprovechar mejor el agua y los fertilizantes, a los que volveremos enseguida.

 

Quizá hoy esta solución suene simplona, pero entonces fue todo un hallazgo que después permitió aplicar el mismo procedimiento a otras especies. Se probó con el arroz en Filipinas y funcionó. En las décadas de 1960 y 1970, India y Pakistán distribuyeron ese trigo mexicano por sus tierras y consiguieron producir mucha más comida a un ritmo que, se pensaba, llegaría a acabar con el hambre.

La idea de Borlaug le valió el premio Nobel de la Paz en 1970. En Asia, casi el 90% de los campos de trigo fueron plantados con variedades modernas y las plantaciones de arroz de alto rendimiento crecieron del 12% al 67%.

 

Pero los aumentos en la producción mundial de comida no vinieron solo de esta selección de cultivos sino también de ciertas mejoras tecnológicas. Se aplicaron los progresos en ingeniería al regadío y se recurrió a la química para elaborar fertilizantes sintéticos y pesticidas que aumentaron la productividad y contribuyeron a que las malas lluvias o las plagas no fueran el desencadenante de hambrunas.

 

Esa explosión de ideas y nuevas aplicaciones fue posible, en gran parte, gracias a la colaboración internacional. La cooperación entre científicos de distintos países facilitó el intercambio de especies progenitoras para el cultivo y la investigación de nuevas técnicas. Y muchos gobiernos se tomaron en serio la seguridad alimentaria, invirtiendo en políticas de innovación y subvencionando las actividades de sus agricultores.

Con el apoyo de algunos de esos programas públicos para, por ejemplo, ampliar las infraestructuras de riego y el suministro de agroquímicos, las nuevas variedades generaron, en pocos años, mejoras en los rendimientos que la revolución británica del XVII había necesitado un siglo y medio en conseguir. En 1961 la producción mundial de cereales era de 640 millones de toneladas. En 2000, de casi 1.800 millones.

 

Los mayores aumentos se registraron en los países en desarrollo, donde la producción de maíz se incrementó en un 275%, la de arroz en un 194% y la de trigo, origen de la investigación de Norman Borlaug, nada menos que en un 400%. China y el Asia meridional y sudoriental se beneficiaron mucho de esa transformación. Pero África, por ejemplo, se quedó atrás. Volveremos sobre ello.

 

Mientras la Revolución Verde disparaba la producción, la población mundial nole iba a la zaga, y se duplicó entre 1960 y 2000. Pero esa renovada capacidad de producir comida y la seguridad que aportaban las nuevas técnicas permitió reducir el porcentaje de hambrientos: en 1970 eran más de un tercio de los habitantes del planeta. En 2000, el 18%. La revolución daba sus frutos.

 

La hora de la factura
Visto así, el lector se preguntará: ¿qué necesidad hay de una “nueva” revolución agrícola?¿no bastaría con seguir recorriendo el camino trazado por Borlaug y todos los que le siguieron? En 2014, la producción mundial de cereales ascendió a 2.500 millones de toneladas, en un nuevo incremento —de más del 38%— desde 2000.

 

Ese año, los precios mundiales de los alimentos bajaron de nuevo tras haberse disparado en 2011. Entonces, dirá el lector: ¿dónde está el problema? Empecemos por uno de los más importantes: la Revolución Verde permitió producir mucho más y salvó del hambre a cientos de millones de personas. Pero no fue –no ha sido– demasiado “verde”.

 

Porque entre sus pilares está la “intensificación” de la producción agrícola. Esto es, producir el máximo posible, casi a cualquier precio. Ello supuso recurrir a técnicas como el monocultivo (principalmente, de nuestros tres cereales preferidos).

 

Dedicar todo el terreno a una sola especie permite ahorrar mucho y hacerlo todo más eficiente. Pero también perjudica a la biodiversidad —extender el cultivo de un trigo determinado, por ejemplo, desplaza y provoca la desaparición de otras variedades o cereales— y desgasta los nutrientes de los suelos. Todo esto también afecta a los servicios que esas plantas que desaparecen prestaban al ecosistema, como la formación del suelo o la fijación biológica del nitrógeno.

Además, la Revolución Verde disparó el uso de fertilizantes y pesticidas químicos. Estos, de ser un arma útil para potenciar el rendimiento de los cultivos y protegerlos de amenazas ocasionales, pasaron a ser el pan de cada día. Además de empujar al olvido otro tipo de técnicas más tradicionales, el uso intensivo de estos químicos ha terminado por degradar la tierra y las aguas en muchos lugares.

 

Quizá el lema de la Revolución Verde podría haber sido ese refrán español que dice “pan para hoy, hambre para mañana”. En un momento en el que la falta de alimentos era una cuestión de vida o muerte para –cientos de– millones de personas, puede que apostar a tope por todos esos avances deba considerarse un éxito.

 

Pero la presión que eso ejerció sobre los recursos naturales ha terminado por llevar –en muchos casos y regiones– a la degradación de la tierra, la salinización de zonas de regadío (lo mismo, curiosamente, que les ocurrió a las primeras civilizaciones agrícolas), la extracción excesiva de aguas subterráneas, el aumento de la resistencia a las plagas y numerosos daños al medio ambiente, sobre todo por el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero.

 

Vayamos por partes. Lo que en 1960 parecía extraordinario, como el monocultivo intensivo doble y triple de arroz en Asia, ahora es visto como la causa del agotamiento de micronutrientes del suelo, del incremento de su toxicidad y de un aumento del número de plagas y enfermedades.

 

Y, por si el precio a pagar fuera poco, el rendimiento del arroz ha comenzado a disminuir. El del trigo también se estanca. En este caso hay más causas, pero muchos se remontan también a la intensidad del cultivo y el monocultivo heredados de la Revolución Verde, con sus tensiones asociadas: aumenta la amenaza de la roya del trigo (un parásito) y las plagas de insectos causan cada vez más pérdidas en los cultivos de este cereal.

 

¿La producción intensiva favorece la aparición de plagas? Sí, por una sencilla razón. Cuanto más se planta, más exuberantes son los cultivos y más llaman la atención de insectos y otros. Si eso se combate con más químicos, se crea un círculo vicioso que no cesa. Hoy en día son necesarios 2,5 millones de toneladas de plaguicidas al año, cuyos efectos sobre las tierras luego cuestan más dinero que el que se ahorra con los propios plaguicidas.